Los sacramentos al servicio de la comunión y de la misión

Estimados lectores:

Continuamos con nuestra reflexión en este Año de la Fe en torno al Catecismo de la Iglesia Católica. Hemos iniciado el estudio de los sacramentos y en esta ocasión hablaremos sobre los sacramentos al servicio de la comunión y misión, segunda parte del Catecismo, segunda sección, capítulo tercero. Terminaremos esta sección también con el cuarto capítulo, dedicado a otras celebraciones litúrgicas.

 

CAPÍTULO TERCERO: 

LOS SACRAMENTOS AL SERVICIO DE LA COMUNIÓN Y DE LA MISIÓN

Dos sacramentos, el orden y el matrimonio, confieren una gracia especial para una misión particular en la Iglesia, al servicio de la edificación del pueblo de Dios. Contribuyen especialmente a la comunión eclesial y a la salvación de los demás.1

El sacramento del orden2

El sacramento del orden es aquel mediante el cual, la misión confiada por Cristo a sus apóstoles, sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Orden indica un cuerpo eclesial, del que se entra a formar parte mediante una especial consagración (Ordenación), que, por un don singular del Espíritu Santo, permite ejercer una potestad sagrada al servicio del pueblo de Dios en nombre y con la autoridad de Cristo.

En el AT este sacramento del orden fue prefigurado por el servicio de los levitas, el sacerdocio de Aarón y la institución de los setenta «ancianos» (Nm 11, 25). Estas prefiguraciones se cumplen en Cristo Jesús, quien, mediante su sacrificio en la cruz, es «el único […..] mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5). El único sacerdocio de Cristo se hace presente por el sacerdocio ministerial.

El sacramento del orden se compone de tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. El obispo posee la plenitud del sacramento del orden, es legítimo sucesor de los apóstoles, miembro del Colegio Episcopal, comparte con el papa y los demás obispos la solicitud por todas las Iglesias, y tiene los oficios de enseñar, santificar y gobernar. Al obispo se le confía una Iglesia particular, es el principio visible y el fundamento de la unidad de esa Iglesia, en la cual desempeña, como vicario de Cristo, el oficio pastoral, ayudado por sus presbíteros y diáconos.

La unción del Espíritu marca al presbítero con un carácter espiritual indeleble, lo configura a Cristo sacerdote y lo hace capaz de actuar en nombre de Cristo cabeza. Como cooperador del orden episcopal, es consagrado para predicar el Evangelio, celebrar el culto divino, sobre todo la eucaristía, de la que saca fuerza todo su ministerio, y ser pastor de los fieles. Ejerce su misión universal en una Iglesia particular, en fraternidad sacramental con los demás presbíteros que, en comunión con el obispo y en dependencia de él, tienen la responsabilidad de la Iglesia particular. El diácono, configurado con Cristo siervo de todos, es ordenado para el servicio de la Iglesia, y lo cumple bajo la autoridad de su obispo, en el ministerio de la Palabra, el culto divino, la guía pastoral y la caridad.

En cada uno de sus tres grados, el sacramento del orden se confiere mediante la imposición de las manos sobre la cabeza del ordenando por parte del obispo, quien pronuncia la solemne oración consagratoria. Con ella, el obispo pide a Dios para el ordenando una especial efusión del Espíritu Santo y de sus dones, en orden al ejercicio de su ministerio.

Corresponde a los obispos válidamente ordenados, por ser sucesores de los apóstoles, conferir los tres grados del sacramento del orden. Sólo el varón bautizado puede recibir válidamente el sacramento del orden. La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del mismo Señor. Nadie puede exigir la recepción del sacramento del orden, sino que debe ser considerado apto para el ministerio por la autoridad de la Iglesia.

El sacramento del orden otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que configura con Cristo al ordenado en su triple función de Sacerdote, Profeta y Rey, según los respectivos grados del sacramento. La ordenación confiere un carácter espiritual indeleble: por eso no puede repetirse ni conferirse por un tiempo determinado.

 

El sacramento del matrimonio3

Creando al hombre y a la mujer, Dios los ha llamado en el matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6). La alianza matrimonial del hombre y de la mujer está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10, 9).

La alianza nupcial entre Dios e Israel prepara y prefigura la alianza nueva realizada por el Hijo de Dios, Jesucristo, con su esposa, la Iglesia. Jesucristo no sólo restablece el orden original del matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia» (Ef 5, 25)

El matrimonio no es una obligación para todos. En particular, Dios llama a algunos hombres y mujeres a seguir a Jesús por el camino de la virginidad o del celibato por el reino de los cielos; éstos renuncian al gran bien del matrimonio para ocupase de las cosas del Señor tratando de agradarle, y se convierten en signo de la primacía absoluta del amor de Cristo y de la ardiente esperanza de su vuelta gloriosa.

Dado que el matrimonio constituye a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, su celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote (o de un testigo cualificado de la Iglesia) y de otros testigos. El consentimiento matrimonial es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Puesto que el consentimiento hace el matrimonio, resulta indispensable e insustituible. Para que el matrimonio sea válido el consentimiento debe tener como objeto el verdadero matrimonio, y ser un acto humano, consciente y libre, no determinado por la violencia o la coacción.

Para ser lícitos, los matrimonios mixtos (entre católico y bautizado no católico) necesitan la licencia de la autoridad eclesiástica. Los matrimonios con disparidad de culto (entre un católico y un no bautizado), para ser válidos necesitan una dispensa. En todo caso, es esencial que los cónyuges no excluyan la aceptación de los fines y las propiedades esenciales del matrimonio, y que el cónyuge católico confirme el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de conservar la fe y asegurar el bautismo y la educación católica de los hijos.

El matrimonio rato y consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos.

Los pecados gravemente contrarios al sacramento del matrimonio son: el adulterio, la poligamia, en cuanto contradice la idéntica dignidad entre el hombre y la mujer y la unidad y exclusividad del amor conyugal; el rechazo de la fecundidad, que priva a la vida conyugal del don de los hijos; y el divorcio, que contradice la indisolubilidad.

La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho, por diversas razones, prácticamente imposible, aunque procura su reconciliación. Pero éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea nulo y, como tal, declarado por la autoridad eclesiástica. Hacia los divorciados vueltos a casar, aunque su matrimonio civil no puede ser reconocido por la Iglesia, ésta muestra una atenta solicitud, invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación cristiana de los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión eucarística ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales, mientras dure tal situación, que contrasta objetivamente con la ley de Dios.

La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos.

 

CAPÍTULO CUARTO:                        

OTRAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS

Los sacramentales, los exorcismos y los actos de piedad4

Los sacramentales son signos sagrados instituidos por la Iglesia, por medio de los cuales se santifican algunas circunstancias de la vida. Comprenden siempre una oración acompañada de la señal de la cruz o de otros signos. Entre los sacramentales, ocupan un lugar importante las bendiciones, que son una alabanza a Dios y una oración para obtener sus dones, la consagración de personas y la dedicación de cosas al culto de Dios.

Tiene lugar un exorcismo, cuando la Iglesia pide con su autoridad, en nombre de Jesús, que una persona o un objeto sea protegido contra el influjo del Maligno y sustraído a su dominio. Se practica de modo ordinario en el rito del bautismo. El exorcismo solemne, llamado gran exorcismo, puede ser efectuado solamente por un presbítero autorizado por el obispo.

El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado en todo tiempo su expresión en formas variadas de piedad, que acompañan la vida sacramental de la Iglesia, como son la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el «Vía crucis», el Rosario. La Iglesia, a la luz de la fe, ilumina y favorece las formas auténticas de piedad popular.

Las exequias cristianas5

El sentido de la muerte del cristiano se manifiesta a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, nuestra única esperanza; el cristiano que muere en Cristo Jesús va «a vivir con el Señor» (2 Co 5, 8). Las exequias expresan el carácter pascual de la muerte cristiana, en la esperanza de la resurrección, y el sentido de la comunión con el difunto, particularmente mediante la oración por la purificación de su alma.

De ordinario, las exequias comprenden cuatro momentos principales: la acogida de los restos mortales del difunto por parte de la comunidad, con palabras de consuelo y esperanza para sus familiares; la liturgia de la Palabra; el sacrificio eucarístico; y «el adiós», con el que se encomienda el alma del difunto a Dios, fuente de vida eterna, mientras su cuerpo es sepultado en la esperanza de la Resurrección.

Hemos terminado nuestra segunda parte del Catecismo de la Iglesia Católica, dedicada a la celebración del misterio cristiano. Así, habiendo meditado en la primera parte sobre el conocimiento de la fe y en la segunda sobre su celebración, nos preparamos para iniciar nuestra reflexión sobre la vivencia de la fe en la tercera parte, titulada “La vida en Cristo”.

Los espero en la próxima edición de esta sección para seguir perseverando en nuestro estudio del Catecismo de la Iglesia Católica en este Año de la Fe. Dios los bendiga. ■

1 Cfr. 1533-1535

2 Cfr. 1536-1546, 1554, 1557-1558, 1560-1578, 1581-1598, 1600

3 Cfr. CEC 1601-1632; 1662-1642; 1645-1651; 1655-1660; 1666

4 Cfr. CEC 1667-1679

5 Cfr. CEC 1680-1690

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

 

 

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