“Creo en Dios Padre”

Estimados lectores:
Llegamos a una tercera parte de nuestro estudio del Catecismo de la Iglesia Católica en este Año de la Fe. Anteriormente mostramos una síntesis del Catecismo en su primera parte, relativa a la Profesión de  Fe, en su primer sección: “Creo-Creemos”. Hoy nos adentraremos a la segunda sección: “El Credo”. Cabe mencionar, sin embargo, que esta sección es muy amplia, por lo que sólo hablaremos del primer capítulo: “Creo en Dios Padre”.
El Catecismo inicia este capítulo hablando de los símbolos de la fe, también llamados “profesiones de fe” o “Credos”, que son fórmulas establecidas por la Iglesia desde sus orígenes, mediante las cuales ha expresado sintéticamente su fe y la ha transmitido usando un lenguaje común. Estos símbolos permiten una unidad en la fe, y han ayudado a establecer dogmas, en contra de tantas herejías que se ha presentado, en especial al inicio del cristianismo. Los símbolos de la fe más importantes son el de los apóstoles y el Niceno-Constantinopolitano. El primero, más utilizado actualmente en Cuaresma y Pascua, es de los más antiguos (símbolo de la Iglesia de Roma) y es el que se toma de base para el Catecismo. El segundo también es considerado en algunas referencias del Catecismo, en especial en aspectos no considerados en el Símbolo de los Apóstoles; es fruto de los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381), y es el más comúnmente usado en nuestras misas.1
La profesión de fe comienza con la afirmación “Creo en Dios”, que es la más importante de todas las afirmaciones. Nosotros creemos que Dios es único, pues así se ha revelado siempre (Cfr. Dt 6,4; Is 45,22; Mc 12, 29). Creer esto implica conocer su grandeza y majestad; vivir en acción de gracias; confiar en Él, aún ante los problemas; reconocer la unidad y verdadera dignidad de todos los hombres, creados a su imagen, etc.2
Sin embargo, el misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad: un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto no contradice el hecho de que Dios sea único, aunque sí es algo que la razón humana no logra comprender, sino que más bien ha sido revelado por Cristo y es aceptado por la fe. Jesús nos revela a Dios como Padre, Creador del Universo y quien engendra al Hijo; también como Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo y es enviado por ambos como guía de la Iglesia para que llegue al conocimiento de la “verdad plena” (Jn 16,13).3
Dios es presentado como el “Todopoderoso”, pues para Él “nada es imposible” (Lc 1, 37), lo cual se manifiesta en la creación del mundo de la nada y en la creación del hombre por amor, pero sobre todo en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo, en el don de la adopción filial y en el perdón de los pecados. La creación es el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo; aunque se atribuye especialmente al Padre, la creación es realizada por Dios, uno y trino. El mundo ha sido creado para gloria de Dios, quien ha querido manifestar y comunicar su bondad, verdad y belleza; lo ha creado de la nada y lo sostiene con su providencia, llevándolo hacia su perfección.4
Ante la existencia del mal, el Catecismo nos recuerda que no es culpa de Dios, sino del hombre mismo que ha caído en el pecado. Dios permite el mal, pero hace brotar de él un bien, siendo el mayor de ellos la glorificación de Cristo y nuestra redención.5
Dios ha creado todo lo espiritual y material, esto es, los ángeles y el mundo visible, en particular, el hombre. Los ángeles fueron creados para glorificar a Dios, servirlo y ser sus mensajeros en la misión de salvación de los hombres. Todas las cosas deben su propia existencia a Dios, por lo que existe entre ellas una unidad y solidaridad, así como una interdependencia y jerarquía, siendo el hombre la cumbre de la creación visible, pues ha sido creado a su imagen y semejanza. Con la redención se inicia la nueva creación, en la cual todo hallará de nuevo su pleno sentido y cumplimiento.6
Por ser creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre tiene dignidad de persona: no es solo algo, sino alguien, capaz de conocerse y conocer a Dios, y así entrar en comunión con Dios y con los demás. El hombre ha sido creado para conocer, servir y amar a Dios, pero siempre viviendo en unidad con los demás, pues de Dios venimos y hacia Dios vamos: todos estamos llamados a compartir la eterna felicidad de Dios.7
El hombre está conformado por cuerpo y alma (es material y espiritual). El alma, que proviene de Dios, es lo que hace que el cuerpo se convierta en humano y viviente, participando de la dignidad de  la imagen de Dios. Esta dignidad es igual para el hombre y la mujer en cuanto personas humanas, recíprocamente complementarias en cuanto varón y mujer. Juntos están llamados a transmitir la vida humana, formando en el matrimonio una misma carne (Gn 2, 24), y a dominar la tierra como «administradores» de Dios.8
Dios les participó originalmente de su vida divina, en santidad y justicia, con lo que no debían sufrir ni morir. Sin embargo, tentados por el diablo, le desobedecieron, queriendo “ser como Dios” (Gn 3, 5), sin Dios, y no según Dios. Así, Adán y Eva perdieron para sí y todos sus descendientes la santidad y justicia originales, siendo esta privación lo que llamamos “El pecado original”. Este pecado se transmite con la misma naturaleza humana, «no por imitación sino por propagación», lo cual es un misterio que no podemos comprender plenamente. Consecuencia de esto es la concupiscencia, que es la inclinación al mal. Sin embargo, aunque ha abundado el pecado en el mundo, Dios no ha abandonado al hombre al poder de la muerte, que es consecuencia del pecado, pues desde la caída del hombre Dios ha anunciado que el mal sería vencido: feliz culpa, porque «ha merecido tal y tan grande Redentor» (Liturgia de la vigilia pascual).9
Hasta aquí en forma sintetizada el primer capítulo de esta sección sobre el Credo. Hay mucho por conocer sobre nuestra fe en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra. Ojalá nos demos la oportunidad de penetrar más en este estudio leyendo nuestro Catecismo de la Iglesia Católica, para darnos cuenta del gran amor que el Padre nos tiene, que en el amor nos ha creado y por amor nos va  guiando en el camino que lleva hacia la felicidad plena que está en él mismo.
Dios los bendiga.

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

1Cfr. CEC 185-195
2Cfr. CEC 198-202¸222-229
3Cfr. CEC 237, 240-248
4Cfr. CEC 268-292; 302-308
5Cfr. CEC 309-310, 324, 400, 311-314, 324
6Cfr. CEC 325-333; 342-354
7Cfr. CEC 355-361
8Cfr. CEC 362-373
9Cfr. CEC 385-420

 

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