Creo en el Espíritu Santo

Estimados lectores:

Continuando con nuestro estudio del Catecismo de la Iglesia Católica, seguimos en la primera parte, referente a la profesión de fe, en la segunda sección, llamada “la profesión de fe cristiana”. Toca hoy el turno al tercer capítulo esta sección, que se titula “Creo en el Espíritu Santo”. Buscaremos hacer una síntesis que englobe todo el capítulo, incluyendo la fe en la Iglesia y en María, entre otros.

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO1

Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo y «que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción, cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia.

Los «profetas» fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en nombre de Dios.

Desde el primer instante de la Encarnación, el Hijo de Dios, por la unción del Espíritu Santo, es consagrado Mesías en su humanidad.

En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada.

La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria. El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia.

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la oración.

CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA 2

Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo. Su misión es la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo.

La Iglesia es el pueblo de Dios porque Él quiso santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo.  La Iglesia es cuerpo de Cristo porque, por medio del Espíritu, Cristo muerto y resucitado une consigo íntimamente a sus fieles. Cristo «es la Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 18).

La Iglesia es UNA porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las Personas. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.

La Iglesia es SANTA porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella, para santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad.

Es CATÓLICA, es decir universal, en cuanto en ella Cristo está presente y es enviada en misión a todos los pueblos (Cf. Mt 28, 19).

La Iglesia es APOSTÓLICA por su origen, ya que fue construida «sobre el fundamento de los Apóstoles» (Ef 2, 20); por su enseñanza, que es la misma de los apóstoles; por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada, hasta la vuelta de Cristo, por los apóstoles, gracias a sus sucesores, los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro.

CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS 3

La expresión «comunión de los santos» indica, ante todo, la común participación de todos los miembros de la Iglesia en las cosas santas (sancta): la fe, los sacramentos, en particular en la eucaristía, los carismas y otros dones espirituales. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.

MARÍA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA 4

La bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).

Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.

A la Virgen María se le rinde un culto singular, que se diferencia esencialmente del culto de adoración, que se rinde sólo a la Santísima Trinidad. Este culto de especial veneración encuentra su particular expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el santo rosario, compendio de todo el Evangelio.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS, LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA ETERNA 5

El primero y principal sacramento para el perdón de los pecados es el bautismo. Para los pecados cometidos después del bautismo, Cristo instituyó el sacramento de la reconciliación o penitencia, por medio del cual el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.  La Iglesia tiene la misión y el poder de perdonar los pecados porque el mismo Cristo se lo ha dado (Cfr. Jn 20, 22-23).

La expresión «resurrección de la carne» significa que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida, así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos.

La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final.

El juicio particular se da en el momento de la muerte con una retribución de parte de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno.

El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular.

AMÉN 6

La palabra hebrea Amén, con la que se termina también el último libro de la Sagrada Escritura, algunas oraciones del Nuevo Testamento y las oraciones litúrgicas de la Iglesia, significa nuestro «sí» confiado y total a cuanto confesamos creer, confiándonos totalmente en Aquel que es el «Amén» (Ap 3, 14) definitivo: Cristo el Señor.

Con esta síntesis hemos terminado la primera parte del Catecismo de la Iglesia Católica, referente a la profesión de fe. Ojalá y les haya ayudado a reforzar sus conocimientos sobre nuestra fe católica. Ahora nos disponemos a iniciar la segunda parte, sobre la celebración del misterio cristiano (la Liturgia).

Hasta la próxima y que Dios los bendiga.

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

1Cfr. CEC 683-690; 702-706; 727-747

2Cfr. CEC 751-752; 767-769; 781-795; 801-807; 813-831; 836-838; 849-851; 857-865.

3Cfr. CEC 946-962

4Cfr CEC 963-973

5Cfr CEC 976-1022; 1038-1041; 1051-1052

6Cfr CEC 1061-1065

 

 

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