Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios

Estimados lectores:

Seguimos con nuestro estudio del Catecismo de la Iglesia Católica. Hasta el momento hemos visto la primer sección, titulada “Creo-Creemos”, y empezamos la segunda sección, “El Credo”, tratando el primer capítulo: “Creo en Dios Padre”. Hoy nos toca ver el segundo capítulo, que trata sobre nuestra fe en Jesucristo, Hijo único de Dios. Debido a que es muy extenso este capítulo, nos enfocaremos sólo a los conceptos más relevantes, como se muestra a continuación:

“Creo en Jesucristo, su Único Hijo, Nuestro Señor”1

En este capítulo el catecismo inicia con el nombre de Jesús, que significa «Dios salva». Expresa, a la vez, su identidad y su misión, «porque él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). Por otro lado, «Cristo», en griego, y «Mesías», en hebreo, significan «ungido». Jesús ha sido consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora. Él es el Mesías esperado por Israel y enviado al mundo por el Padre. Sus seguidores somos cristianos.

Jesús es el “Hijo unigénito de Dios” (1 Jn 4, 9). Jesús afirma su relación única y eterna con Dios su Padre. Es el centro de la predicación apostólica: los apóstoles han visto su gloria, «que recibe del Padre como Hijo único» (Jn 1, 14).

El título de «Señor» designa al Dios soberano. Jesús se lo atribuye a sí mismo, y revela su soberanía divina mediante su poder sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todo con su resurrección. El poder, honor y gloria que se deben a Dios Padre se le deben también a Jesús: Dios «le ha dado el nombre sobre todo nombre» (Flp 2, 9).

“Jesucristo fue concebido  por obra del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen”2

El Hijo de Dios se encarnó por nosotros los hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4). La «Encarnación» es el misterio de la unión admirable de la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesús en la única persona divina del Verbo. Jesús se hace verdadero hombre y sigue siendo verdadero Dios.

La Virgen María concibió al Hijo eterno en su seno por obra del Espíritu Santo y sin la colaboración de varón: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1, 35). Por ello María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Jn 2, 1; 19, 25). Jesús es Dios mismo.

Dios eligió gratuitamente a María desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo; para cumplir esta misión fue concebida inmaculada, es decir, sin pecado, de ahí el dogma mariano la Inmaculada Concepción.

Otro dogma mariano es el de la concepción virginal de Jesús, que significa que éste fue concebido en el seno de la Virgen María sólo por el poder del Espíritu Santo, sin concurso de varón. María es siempre virgen: antes, durante y después del parto. Cuando los Evangelios hablan de “hermanos y hermanas de Jesús”, se refieren a parientes próximos de Él.

“Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”

El misterio pascual de Jesús, que comprende su Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación, está en el centro de la fe cristiana, porque el designio salvador de Dios se ha cumplido de una vez por todas con la muerte redentora de su Hijo, Jesucristo.

Algunos jefes de Israel acusaron a Jesús de actuar contra la Ley, contra el templo de Jerusalén y, particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de Dios. Por ello lo entregaron a Pilato para que lo condenase a muerte. Todo pecador es realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos.

Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Él da «su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la humanidad con Dios.

En la última cena con los apóstoles, la víspera de su Pasión, Jesús anticipa, es decir, significa y realiza anticipadamente la oblación libre de sí mismo: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramada…» (Lc 22, 19-20). De este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la eucaristía como «memorial» (1 Co 11, 25) de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la Nueva Alianza.

Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio. Este amor hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios.

“Jesucristo Descendió a los Infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos”3

Los «infiernos» –distintos del «infierno» de la condenación– constituían el estado de todos aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo. Con el alma unida a su persona divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios. Después de haber vencido, mediante su propia muerte, a la muerte y al diablo «que tenía el poder de la muerte» (Hb 2, 14), Jesús liberó a los justos, que esperaban al Redentor, y les abrió las puertas del Cielo.

La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la cruz, una parte esencial del Misterio pascual.

La resurrección de Jesús sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios. Por este motivo, Cristo resucitado no se manifestó al mundo, sino a sus discípulos, haciendo de ellos sus testigos ante el pueblo.

La resurrección de Cristo es la culminación de la encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo.

“Jesucristo subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”4

Cuarenta días después de haberse mostrado a los apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado.

“Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”5

La venida gloriosa de Cristo acontecerá con el triunfo definitivo de Dios en la parusía y con el juicio final. Así se consumará el Reino de Dios. Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido para salvar a los hombres. Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se realizará «la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), en la que «Dios será todo en todos» (1 Co 15, 28).

Hasta aquí nuestra síntesis de este segundo capítulo de la sección “El Credo”. Espero que sea de utilidad para conocer mejor nuestra fe y que sea una motivación para seguir profundizando más en ella.

Hasta la próxima edición y que Dios los bendiga.

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

 

1Cfr. CEC 430-455

  2Cfr. 456-511

3Cfr. CEC 571-576; 587-591; 594-598; 606-611; 613-617; 620-638; 645-658

4Cfr. 659-667

5Cfr. 675-682

 

 

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