La dignidad de la persona humana

Tercera parte del Catecismo de la Iglesia Católica, “La vida en Cristo”.

 

Queridos amigos lectores:

Nos adentramos ahora a la tercera parte de nuestro Catecismo de la Iglesia Católica, bajo el nombre de “La vida en Cristo”. Como ha sido en las dos partes anteriores, veremos sólo la primer sección: “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”, en su primer capítulo: “La dignidad de la persona humana”.

El Hombre, Imagen de Dios1 

La dignidad de la persona humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con alma y cuerpo, a la bienaventuranza eterna.

Nuestra Vocación a la Bienaventuranza2

El hombre alcanza la bienaventuranza en virtud de la gracia de Cristo, que lo hace partícipe de la vida divina. La gracia de Cristo obra en todo hombre que, siguiendo la recta conciencia, busca y ama la verdad y el bien, y evita el mal. La bienaventuranza eterna consiste en la visión de Dios en la vida eterna, cuando seremos en plenitud «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4), de la gloria de Cristo y del gozo de la vida trinitaria. La promesa de la bienaventuranza nos sitúa frente a opciones morales decisivas respecto de los bienes terrenales, estimulándonos a amar a Dios sobre todas las cosas.

La Libertad del Hombre

La libertad es el poder dado por Dios al hombre de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar de este modo por sí mismo acciones deliberadas. Es la característica de los actos propiamente humanos. Cuanto más se hace el bien, más libre se va haciendo también el hombre. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, Bien supremo y Bienaventuranza nuestra. La libertad implica también la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. La elección del mal es un abuso de la libertad, que conduce a la esclavitud del pecado. La libertad hace al hombre responsable de sus actos, en la medida en que éstos son voluntarios.

El derecho al ejercicio de la libertad es propio de todo hombre, en cuanto resulta inseparable de su dignidad de persona humana. Nuestra libertad se halla debilitada a causa del pecado original, lo cual se agrava aún más por los pecados sucesivos.

La moralidad de los actos humanos depende de tres fuentes: del objeto elegido, es decir, un bien real o aparente; de la intención del sujeto que actúa, es decir, del fin por el que lleva a cabo su acción; y de las circunstancias de la acción, incluidas las consecuencias de la misma. El acto es moralmente bueno cuando supone, al mismo tiempo, la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. No es lícito hacer el mal para conseguir un bien. Las circunstancias pueden atenuar o incrementar la responsabilidad de quien actúa, pero no puede modificar la calidad moral de los actos mismos.

La Moralidad de las Pasiones 4

Las pasiones son los afectos, emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar, en vista de lo que se percibe como bueno o como malo. La fundamental es el amor, provocado por el atractivo del bien. Las pasiones, no son en sí mismas ni buenas ni malas; son buenas, cuando contribuyen a una acción buena; son malas, en caso contrario. Pueden ser asumidas en las virtudes o pervertidas en los vicios.

La Conciencia Moral 5

La conciencia moral, presente en lo íntimo de la persona, es un juicio de la razón, que en el momento oportuno, impulsa al hombre a hacer el bien y a evitar el mal. Gracias a ella, la persona humana percibe la cualidad moral de un acto a realizar o ya realizado, permitiéndole asumir la responsabilidad del mismo. Cuando escucha la conciencia moral, el hombre prudente puede sentir la voz de Dios que le habla.

El hombre no debe ser forzado a obrar contra su conciencia, ni se le debe impedir obrar de acuerdo con ella. La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la asimilación de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral tanto la oración como el examen de conciencia.

Las normas más generales que debe seguir siempre la conciencia son: 1) Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien; 2) la llamada regla de oro: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos» (Mt 7, 12); 3) la caridad supone siempre el respeto del prójimo y de su conciencia, aunque esto no significa aceptar como bueno lo que objetivamente es malo.

No es imputable a la persona el mal cometido por ignorancia involuntaria, aunque siga siendo objetivamente un mal. Es necesario, por tanto, esforzarse para corregir la conciencia moral de sus errores.

Las Virtudes

La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien. Hay virtudes humanas y virtudes teologales.

Las virtudes humanas son perfecciones habituales y estables del entendimiento y de la voluntad, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta en conformidad con la razón y la fe. Adquiridas y fortalecidas por medio de actos moralmente buenos y reiterados, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Las principales son las cardinales, que agrupan a todas las demás y constituyen las bases de la vida virtuosa. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Las virtudes teologales son las que tienen como origen, motivo y objeto inmediato a Dios mismo. Infusas en el hombre con la gracia santificante, nos hacen capaces de vivir en relación con la Santísima Trinidad, y fundamentan y animan la acción moral del cristiano, vivificando las virtudes humanas. La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer. La esperanza es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios.

Los dones del Espíritu Santo son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir las inspiraciones divinas. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna, y son: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad» (Ga 5, 22-23 [Vulgata]).

El Pecado7  

El pecado es «una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna» (San Agustín). Es una ofensa a Dios, a quien desobedecemos en vez de responder a su amor. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

En cuanto a la gravedad, el pecado se distingue en pecado mortal y pecado venial. Es mortal cuando se dan, al mismo tiempo, materia grave, plena advertencia y deliberado consentimiento. Este pecado destruye en nosotros la caridad y nos priva de la gracia santificante. Se perdona, por vía ordinaria, mediante los sacramentos del bautismo y de la penitencia o reconciliación. El pecado venial se comete cuando la materia es leve; o bien cuando, siendo grave la materia, no se da plena advertencia o perfecto consentimiento.

Los vicios son hábitos perversos que oscurecen la conciencia e inclinan al mal. Pueden ser referidos a los siete pecados llamados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Tenemos responsabilidad en los pecados de los otros cuando cooperamos culpablemente a que se comentan. Las estructuras de pecado son situaciones sociales o instituciones contrarias a la ley divina, expresión y efecto de los pecados personales.

Como vemos, este capítulo es muy denso, pero muy rico en cuanto a la reflexión que debemos hacer de nuestra vida moral. Los invito a que sigamos profundizando con la ayuda del catecismo de la Iglesia Católica sobre la forma en que debemos vivir nuestra fe.

¡Hasta la próxima..! ■

 

1Cfr. CEC 1699-1715

2Cfr. CEC 1716-1729

3Cfr. CEC 1730-1754; 1757-1761

4Cfr. CEC 1762-1775

5Cfr CEC 1776-1802

6Cfr. CEC 1803- 1845

7Cfr. CEC 1846-1876

 

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

 

 

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