La profesión de fe: creo, creemos.

 

Estimados lectores:

Hemos iniciado en el mes de diciembre un estudio del Catecismo de la Iglesia Católica, inspirados en este año de la Fe que promulgó nuestro querido papa Benedicto XVI el pasado 11 de Octubre. Anteriormente veíamos la estructura general del este catecismo, que está dividido en cuatro partes: 1) La Profesión de Fe (conocer la Fe: el Credo), 2) La Celebración del Misterio Cristiano (Celebrar la Fe: la Liturgia), 3) La Vida en Cristo (Vivir la Fe: Moral) y 4) La Oración Cristiana (Orar en la Fe). Entremos ya en materia viendo la primera parte.

El catecismo nos presenta en su primera parte, sobre la profesión de Fe, dos secciones principales: a) Creo-Creemos, donde se habla de lo que implica la Fe y de la manera en que el hombre Cree en Dios, y b) La Profesión de la fe Cristiana: Los símbolos de la Fe.  En esta ocasión trataremos sólo la primera sección, para lo cual presento a continuación una síntesis de la misma, tomando como base el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

Esta primera sección, “Creo-Creemos”, afirma en un inicio que Dios ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida e inscribió en su corazón el deseo de verlo. Aunque a menudo ignore tal deseo, Dios no cesa de atraerlo hacia sí, siendo el hombre un ser esencialmente religioso, capaz de entrar en comunión con Dios1.

El hombre, a partir de la Creación, puede con la sola razón conocer con certeza a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita; sin embargo, el Catecismo recuerda que esto implica muchas dificultades y el hombre no puede por sí mismo penetrar en el misterio divino, por lo que Dios ha querido iluminarlo con su Revelación2. Dios se revela a los hombres por medio de acontecimientos y palabras, mostrándoles su deseo de hacerlos partícipes de su vida divina, para hacer de ellos hijos adoptivos en su Hijo Unigénito3.

Desde el principio Dios invita a nuestros primeros padres a una comunión íntima con Él. Después de la caída, les promete la salvación para toda su descendencia. Después del diluvio, establece con Noé una alianza para todos los seres vivientes y posteriormente escoge a Abram para hacerlo «padre de una multitud de naciones» (Gn 17, 5), siendo sus descendientes los depositarios de las promesas divinas. Dios forma a Israel como su pueblo elegido, salvándolo de la esclavitud de Egipto; establece con él la Alianza del Sinaí, y le da su Ley por medio de Moisés. Los Profetas anuncian la redención del pueblo y la salvación para todas las naciones en una Alianza nueva y eterna. Del pueblo de Israel, de la estirpe del rey David, nacerá el Mesías: Jesús4.

La plena y definitiva Revelación de Dios se da en su Verbo encarnado, Jesucristo. Él es la Palabra perfecta y definitiva del Padre. Con Él ya se ha cumplido plenamente la Revelación, aunque la fe de la Iglesia deberá comprender gradualmente todo su alcance a lo largo de los siglos5.

La Revelación se ha transmitido a través de la Tradición Apostólica, mediante la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos, todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo. Esta Tradición Apostólica se realiza de dos modos: con la transmisión viva de la Palabra de Dios (también llamada simplemente Tradición) y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por escrito. Ambas, Tradición y Sagrada Escritura, surgen de la misma fuente divina y constituyen un solo sagrado depósito de la fe, del cual la Iglesia saca su propia certeza sobre todas las cosas reveladas6.

La interpretación auténtica del depósito de la fe corresponde sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y a los obispos en comunión con él. Al Magisterio compete también definir los dogmas, que son formulaciones de las verdades contenidas en la divina Revelación7.   De esta manera la Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí,  que ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la salvación de los hombres8.

Decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad porque Dios mismo es su autor. El Espíritu Santo ha inspirado a los autores humanos de la Sagrada Escritura, los cuales han escrito lo que el Espíritu ha querido enseñarnos9.  Por lo tanto, la Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia10.  El Antiguo Testamento es verdadera Palabra de Dios y ha sido escrito sobre todo para preparar la venida de Cristo, Salvador del mundo; el Nuevo Testamento, cuyo centro es Jesucristo, nos transmite la verdad definitiva de la Revelación divina, siendo los cuatro Evangelios el corazón de todas las Escrituras, por lo que ocupan un puesto único en la Iglesia. Ambos testamentos se iluminan recíprocamente, y la Iglesia exhorta a su lectura frecuente, pues «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (San Jerónimo).

El hombre, sostenido por la gracia divina, responde a la Revelación de Dios con la obediencia de la fe, que consiste en fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad, en cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma11. Esto implica un pleno asentimiento a todas las verdades por Dios reveladas y significa creer en un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo12.

La fe es un don gratuito de Dios, una virtud sobrenatural que hay que pedir y que es necesaria para salvarse, pero es también un acto humano, es decir, un acto de la inteligencia del hombre, el cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina. Además, es cierta porque se fundamenta sobre la Palabra de Dios. Ella nos hace pregustar desde ahora el gozo del cielo13.

Esta es una síntesis de lo que el Catecismo de la Iglesia Católica nos presenta en su sección “Creo-creemos” y, como pueden ver, son muchos los conceptos que se manejan, pero al mismo tiempo son fundamentales para nuestra Fe. Si quieren profundizar en ellos los invito a que lean el Catecismo, al menos en los números los que se hace referencia, para que puedan dar una mayor razón de lo que creemos y porqué lo creemos.

Dios los bendiga.

 

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

 

1Cfr. CEC 27-30; 44-45;

2Cfr. CEC 31-38, 46-47

3Cfr. CEC 50-53, 68-69

4Cfr. CEC 54-64, 70-72

5Cfr. CEC 65-66, 73

6Cfr. CEC 74-79, 80-83, 96-98

7Cfr. CEC 85-90, 100.

8Cfr. CEC 95

8Cfr. CEC 105-108, 135-136.

10Cfr. CIC 109-119

11Cfr. CEC 142-143

12Cfr. CEC 150-153, 176-180, 183-184.

13Cfr. CEC 153-165, 179-180, 183-184.

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