La Vida en Cristo

 

Muy estimados amigos:

Después de un receso en el que por diversos compromisos no me fue posible realizar este artículo, retomamos finalmente nuestro estudio del Catecismo de la Iglesia Católica, en su tercera parte: “La vida en Cristo”. Ya comentamos la primera sección: “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”, en su primer capítulo: “La dignidad de la persona humana”; pasemos ahora al segundo y tercer capítulo.

Capítulo Segundo:

La Comunidad Humana

LA PERSONA Y LA SOCIEDAD 1

El hombre posee una dimensión social que es parte esencial de su naturaleza y de su vocación. Todos están llamados a un idéntico fin, que es el mismo Dios. La persona es y debe ser principio, sujeto y fin de todas las instituciones sociales. Algunas sociedades, como la familia y la comunidad civil, son necesarias para la persona.

También son útiles otras asociaciones, tanto dentro de las comunidades políticas como a nivel internacional, en el respeto del principio de subsidiaridad. Este principio que una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad.

Una auténtica convivencia humana requiere respetar la justicia y la recta jerarquía de valores, así como el subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales. La caridad es el más grande mandamiento social, pues exige y da la capacidad de practicar la justicia.

LA PARTICIPACIÓN EN LA VIDA SOCIAL 2

Por bien común se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible, a los grupos y a cada uno de sus miembros, el logro de la propia perfección.

El bien común supone: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona, el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la persona y la sociedad, y la paz y la seguridad de todos.

La realización más completa del bien común se verifica en aquellas comunidades políticas que defienden y promueven el bien de los ciudadanos y de las instituciones intermedias, sin olvidar el bien universal de la familia humana.

Todo hombre, según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, participa en la realización del bien común, respetando las leyes justas y haciéndose cargo de los sectores en los que tiene responsabilidad personal, como son el cuidado de la propia familia y el compromiso en el propio trabajo. Por otra parte, los ciudadanos deben tomar parte activa en la vida pública, en la medida en que les sea posible.

LA JUSTICIA SOCIAL 3

La sociedad asegura la justicia social cuando respeta la dignidad y los derechos de la persona, finalidad propia de la misma sociedad. Todos los hombres gozan de igual dignidad y derechos fundamentales, en cuanto que, creados a imagen del único Dios y dotados de una misma alma racional, tienen la misma naturaleza y origen, y están llamados en Cristo, único Salvador, a la misma bienaventuranza divina.

Existen desigualdades económicas y sociales inicuas, y también diferencias entre los hombres, causadas por diversos factores, que entran en el plan de Dios. Pero Dios quiere que cada uno reciba de los demás lo que necesita, y que quienes disponen de talentos particulares los compartan con los demás.

La solidaridad, que emana de la fraternidad humana y cristiana, se expresa ante todo en la justa distribución de bienes, en la equitativa remuneración del trabajo y en el esfuerzo en favor de un orden social más justo. La virtud de la solidaridad se realiza también en la comunicación de los bienes espirituales de la fe, aún más importantes que los materiales.

Capítulo Tercero:

La Salvación de Dios: La Ley y la Gracia

 

LA LEY MORAL 4

La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Prescribe al hombre los caminos y las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida, y prohíbe los caminos que apartan de Dios.

La ley natural, inscrita por el Creador en el corazón de todo hombre, consiste en una participación de la sabiduría y bondad de Dios, y expresa el sentido moral originario, que permite al hombre discernir el bien y el mal, mediante la razón. A causa del pecado, no siempre ni todos son capaces de percibir en modo inmediato y con igual claridad la ley natural.

La ley antigua constituye la primera etapa de la ley revelada. Expresa muchas verdades naturalmente accesibles a la razón, que se encuentran afirmadas y convalidadas en las alianzas de la salvación. Sus prescripciones morales, recogidas en los mandamientos del decálogo, ponen la base de la vocación del hombre, prohíben lo que es contrario al amor de Dios y del prójimo y indican lo que les es esencial. Sin embargo, es todavía imperfecta.

La nueva ley, proclamada y realizada por Cristo, es la plenitud y el cumplimiento de la ley divina, natural y revelada. Se resume en el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, y de amarnos como Cristo nos ha amado. Es «la ley de la libertad» (St 1, 25), porque lleva a actuar espontáneamente bajo el impulso de la caridad. La ley nueva se encuentra en toda la vida y la predicación de Cristo y en la catequesis moral de los apóstoles; el sermón de la montaña es su principal expresión.

GRACIA Y JUSTIFICACIÓN 5

La justificación es la acción misericordiosa y gratuita de Dios, que borra nuestros pecados, y nos hace justos y santos en todo nuestro ser. Somos justificados por medio de la gracia del Espíritu Santo, que la pasión de Cristo nos ha merecido y se nos ha dado en el bautismo.

La gracia es un don gratuito de Dios, por el que nos hace partícipes de su vida trinitaria y capaces de obrar por amor a Él. Se le llama gracia habitual, santificante o deificante, porque nos santifica y nos diviniza.

Además existen las gracias actuales (dones en circunstancias particulares); las gracias sacramentales (dones propios de cada sacramento); las gracias especiales o carismas (que tienen como fin el bien común de la Iglesia), entre las que se encuentran las gracias de estado, que acompañan al ejercicio de los ministerios eclesiales y de las responsabilidades de la vida.

Respecto a Dios, el hombre, de suyo, no puede merecer nada, habiéndolo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la posibilidad de adquirir méritos, mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante Dios.

Todos los fieles estamos llamados a la santidad cristiana. Ésta es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad.

LA IGLESIA, MADRE Y MAESTRA 6

La Iglesia es la comunidad donde el cristiano acoge la Palabra de Dios y las enseñanzas de la «Ley de Cristo» (Ga 6, 2); recibe la gracia de los sacramentos; se une a la ofrenda eucarística de Cristo, transformando así su vida moral en un culto espiritual; aprende del ejemplo de santidad de la Virgen María y de los santos. El Magisterio de la Iglesia interviene en el campo moral, porque es su misión predicar la fe que hay que creer y practicar en la vida cotidiana.

Los preceptos de la Iglesia tienen por finalidad garantizar que los fieles cumplan con lo mínimo indispensable en relación al espíritu de oración, a la vida sacramental, al esfuerzo moral y al crecimiento en el amor a Dios y al prójimo. Los preceptos de la Iglesia son cinco: 1) Participar en la Misa todos los domingos y fiestas de guardar, y no realizar trabajos y actividades que puedan impedir la santificación de estos días; 2) Confesar los propios pecados, mediante el sacramento de la Reconciliación al menos una vez al año; 3) Recibir el sacramento de la Eucaristía al menos en Pascua; 4) Abstenerse de comer carne y observar el ayuno en los días establecidos por la Iglesia; 5) Ayudar a la Iglesia en sus necesidades materiales, cada uno según sus posibilidades.

La vida moral de los cristianos es indispensable para el anuncio del Evangelio, porque, conformando su vida con la del Señor Jesús, los fieles atraen a los hombres a la fe en el verdadero Dios, edifican la Iglesia, impregnan el mundo con el espíritu del Evangelio y apresuran la venida del Reino de Dios.

Hemos finalizado la primer sección de esta tercer parte del Catecismo sobre “La vida en Cristo”. Continuaremos en la siguiente emisión con la segunda y última sección, que nos habla sobre los Mandamientos de la ley de Dios (los 10 mandamientos). Los esperamos.

¡Dios los bendiga y hasta la próxima..! ■

 

1Cfr. CEC 1877-1896

2Cfr. CEC 1907-1917; 1925-1927

3Cfr. CEC 1928-1948

4Cfr. 1950-1986

5Crf CEC 1987-2029

6Cfr. CEC 2030-2051

Los comentarios están cerrados