Los sacramentos de iniciación

Buen día, amigos lectores:

Continuamos con la segunda parte del Catecismo de la Iglesia Católica, referente a “La celebración del misterio cristiano”. Ya vimos la primera sección, que trata de “La economía sacramental” y hoy iniciaremos con la segunda: “Los siete sacramentos de la Iglesia”, que por ser muy extensa sólo tocaremos el primer capítulo: “Los sacramentos de iniciación”.

Los sacramentos de la Iglesia se distinguen en sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía); sacramentos de la curación (Penitencia y Unción de los enfermos); y sacramentos al servicio de la comunión y de la misión (Orden y Matrimonio). Todos corresponden a momentos importantes de la vida cristiana, y están ordenados a la Eucaristía «como a su fin específico» (Santo Tomás de Aquino).1

CAPÍTULO PRIMERO:
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA

La Iniciación cristiana se realiza mediante los sacramentos que ponen los fundamentos de la vida cristiana: los fieles, renacidos en el Bautismo, se fortalecen con la Confirmación, y son alimentados en la Eucaristía.2

 

El sacramento del bautismo3

Bautizar significa «sumergir» en el agua; quien recibe el bautismo es sumergido en la muerte de Cristo y resucita con Él «como una nueva criatura» (2 Co 5, 17).

En la Antigua Alianza se encuentran varias prefiguraciones del bautismo: el agua, fuente de vida y de muerte; el arca de Noé, que salva por medio del agua; el paso del mar rojo, que libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto; el paso del Jordán, que hace entrar a Israel en la tierra prometida, imagen de la vida eterna. Estas prefiguraciones las cumple Jesucristo, quien se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán; levantado en la cruz, de su costado abierto brotan sangre y agua, signos del bautismo y de la eucaristía, y después de su resurrección confía a los apóstoles esta misión: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19-20). Desde el día de Pentecostés, la Iglesia administra el bautismo al que cree en Jesucristo.

El rito esencial del bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Puede recibir el Bautismo cualquier persona que no esté aún bautizada. La Iglesia bautiza a los niños, pues han nacido con el pecado original y necesitan ser liberados del poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios. Al que va a ser bautizado se le exige la profesión de fe, expresada personalmente, en el caso del adulto, o por medio de sus padres, los padrinos y la Iglesia, en el caso del niño.

Los ministros ordinarios del bautismo son el obispo y el presbítero; en la Iglesia latina, también el diácono. En caso de necesidad, cualquiera puede bautizar, siempre que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Éste derrama agua sobre la cabeza del candidato y pronuncia la fórmula trinitaria bautismal: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

El bautismo es necesario para la salvación de todos aquellos a quienes el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento. Pueden salvarse también sin el bautismo todos aquellos que mueren a causa de la fe (Bautismo de sangre), los catecúmenos, y todo aquellos que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y a la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad (Bautismo de deseo). A los niños que mueren sin el bautismo, la Iglesia los confía a la misericordia de Dios.

El bautismo perdona el pecado original, y todos los pecados personales; hace participar de la vida divina trinitaria; incorpora a Cristo y a su Iglesia; hace participar del sacerdocio de Cristo y constituye el fundamento de la comunión con los demás cristianos; otorga las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. El bautizado pertenece para siempre a Cristo: queda marcado con el sello indeleble de Cristo (carácter).

 

El sacramento de la confirmación4

En la Antigua Alianza, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado y sobre todo el pueblo mesiánico. Toda la vida y la misión de Jesús se desarrollan en una total comunión con el Espíritu Santo. Los Apóstoles reciben el Espíritu Santo en Pentecostés y anuncian «las maravillas de Dios» (Hch 2,11). Comunican a los nuevos bautizados, mediante la imposición de las manos, el don del mismo Espíritu. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha seguido viviendo del Espíritu y comunicándolo a sus hijos.

Se llama confirmación, porque confirma y refuerza la gracia bautismal. El rito esencial en Occidente es la unción en la frente con el santo crisma, junto con la imposición de manos por parte del ministro, el cual pronuncia las palabras: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo».
El efecto de la confirmación es la especial efusión del Espíritu Santo, la cual imprime en el alma un carácter indeleble y otorga un crecimiento de la gracia bautismal; arraiga más profundamente la filiación divina; une más fuertemente con Cristo y con su Iglesia; fortalece en el alma los dones del Espíritu Santo; concede una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana.

El sacramento de la confirmación puede y debe recibirlo, una sola vez, aquel que ya ha sido bautizado. Para recibirlo con fruto hay que estar en gracia de Dios. El ministro originario de la Confirmación es el obispo: se manifiesta así el vínculo del confirmado con la Iglesia en su dimensión apostólica, aunque puede ser delegado a un presbítero en caso de ser necesario.

 

El sacramento de la eucaristía5

La eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna.

Jesucristo instituyó la eucaristía el Jueves Santo, (Cfr. 1 Co 11, 23-26), mientras celebraba con sus apóstoles la última cena. Es fuente y culmen de toda la vida cristiana; mediante su celebración nos unimos a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna. La Iglesia, fiel al mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11, 24), ha celebrado siempre la eucaristía, especialmente el domingo, día de la resurrección de Jesús.
La celebración eucarística se desarrolla en dos grandes momentos: la liturgia de la Palabra, que comprende la proclamación y la escucha de la Palabra de Dios; y la liturgia eucarística, que comprende la presentación del pan y del vino, la anáfora o plegaria eucarística, con las palabras de la consagración, y la comunión.

El ministro de la celebración de la eucaristía es el sacerdote (obispo o presbítero), válidamente ordenado, que actúa en la persona de Cristo cabeza y en nombre de la Iglesia. Los elementos esenciales y necesarios para su celebración son el pan de trigo y el vino de vid.

El sacrificio de la cruz y el sacrificio de la eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz, incruenta en la eucaristía. Sacrificio significa ofrenda: la vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo. La eucaristía se ofrece también por todos los fieles, vivos y difuntos, en reparación de los pecados de todos los hombres y para obtener de Dios beneficios espirituales y temporales. También la Iglesia del cielo está unida a la ofrenda de Cristo.

Jesucristo está presente en la eucaristía de modo verdadero, real y sustancial: con su cuerpo y con su sangre, con su alma y su divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas del pan y del vino. La fracción del pan no divide a Cristo: Él está presente todo e íntegro en cada especie eucarística y en cada una de sus partes.

Al sacramento de la eucaristía se le debe rendir el culto de latría, es decir la adoración reservada a Dios, tanto durante la celebración eucarística, como fuera de ella. Los fieles tienen obligación de participar de la santa misa todos los domingos y fiestas de precepto, y recomienda que se participe también en los demás días. La comunión debe recibirse al menos en Pascua. Para recibirla se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir sin conciencia de pecado mortal.

La sagrada Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo y con su Iglesia, conserva y renueva la vida de la gracia, recibida en el Bautismo y la Confirmación y nos hace crecer en el amor al prójimo. Fortaleciéndonos en la caridad, nos perdona los pecados veniales y nos preserva de los pecados mortales para el futuro.

Como vemos, el catecismo nos presenta lo básico que debemos saber sobre los sacramentos, que son los instrumentos ordinarios para la salvación. Nos quedan aún 4 sacramentos más, que trataremos en nuestra siguiente edición. Esperamos que al conocer más sobre los sacramentos de la Iglesia aumente nuestro deseo de frecuentarlos y así seguir recibiendo abundantes gracias de parte de Dios, nuestro Señor.

Hasta la próxima y que Dios los bendiga. ■

Por PBRO. GUSTAVO ZAMORA CARREÑO

1 Cfr. CEC 1210-1211
2 Cfr. CEC 1212; 1275
3 Cfr. CEC 1213-1274; 1276-1278; 1284
4 Cfr CEC 1285-1321
5 Cfr CEC 1322-1327; 1334; 1337-1340; 1345-1355; 1362-1375; 1378-1381; 1385-1397; 1407-1409; 1411-1417

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