Al inicio del Jubileo Diocesano

Durante los Ejercicios Espirituales que los sacerdotes tuvimos en el pasado mes de octubre, tuvimos la oportunidad de recordar el difícil pontificado de Paulo VI. Por eso, en este mes que recordamos la fiesta de la Virgen de Guadalupe, su mensaje no pierde actualidad. Por eso, hoy quiero recordar parte de su mensaje, con motivo de la inauguración de la nueva Basílica:

“Muy amados hermanos, deseamos unir nuestra voz a ese himno filial que el pueblo mexicano eleva hoy a la Madre de Dios. La devoción a la Virgen de Guadalupe debe ser para ustedes una constante y particular exigencia de autentica renovación cristiana.

“Un cristiano no puede menos que demostrar su solidaridad para solucionar la situación de aquellos a quienes aun no ha llegado el pan de la cultura o de la oportunidad de un trabajo honorable y justamente remunerador; no puede quedar insensible mientras nuevas generaciones no encuentren el cauce para hacer realidad sus legitimas aspiraciones… Por ese motivo, en esta fiesta tan señalada les exhortamos de todo corazón a dar a su vida cristiana un marcado sentido social –como pide el Concilio-, que los haga estar siempre en primera línea en todos los esfuerzos para el progreso y en todas las iniciativas para mejorar la situación de los que sufren necesidad, vean en cada hombre un hermano y en cada hermano a Cristo, de manera que el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en un nuevo amor, vivo y operante…

“El que tiene mucho que sea consciente de su obligación de servir y de contribuir con generosidad para el bien de todos. El que tiene poco o no tiene nada que, mediante la ayuda de una sociedad justa, se esfuerce en superarse y en elevarse a sí mismo y aun en cooperar al progreso de los que sufren su misma situación. Y todos, sientan el deber de unirse fraternalmente para ayudar a forjar ese mundo nuevo que anhela la humanidad

“Esto es lo que hoy les pide la Virgen de Guadalupe, esa es la fidelidad al Evangelio, de la que ella supo ser el ejemplo eminente”

Las palabras del Papa, pronunciadas en octubre de 1970, siguen siendo tan actuales como si hubieran sido pronunciadas ayer. Es doloroso que muchos de nosotros nos quedemos con el sentimentalismo  superficial del culto guadalupano que hace énfasis en el suceso y no en el mensaje que tanto Paulo VI como el papa Francisco se han encargado de imprimir en sus pontificados: un compromiso que une la fe con la vida. De la cual fácilmente nos escabullimos, nos lleva a comprometernos con la realidad  en un culto que, aunque correcto, está incompleto si no se encarna en la realidad que nos toca vivir. San Agustín escribió: “No digas que el tiempo pasado fue mejor que el presente; las virtudes son las que hacen los buenos tiempos y los vicios son los que los vuelven malos”.

Hemos iniciado nuestro jubileo diocesano, una oportunidad de revisar lo que hemos hecho. La Pastoral Penitenciaria surgió durante el primer año de la nueva diócesis, donde los obstáculos y el abandono a nuestros hermanos presos y hacia los jóvenes del tutelar eran tales que ya nos habíamos acostumbrado a ello. “Si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos la propia identidad como hombres ¿Cómo es posible que nosotros caigamos en el peligro de encerrarnos, de poner nuestra seguridad en las cosas, que al final nos roban nuestro rostro? Eso sucede cuando perdemos la memoria de Dios, (si esto ocurre) también nosotros perdemos la consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Quien corre en pos de la nada, el mismo se convierte en nada. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de las cosas, de los ídolos” (Francisco I. Homilía del 29 de septiembre)

Ese es nuestro reto durante el jubileo diocesano. Ser la memoria de Dios en las cárceles y en los ambientes donde el mensaje del Señor necesite ser predicado y testimoniado. ■

Por PBRO. LEONARDO LÓPEZ

 

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