Homilía en la misa del XXIV Aniversario de la Diócesis de Nuevo Laredo

Catedral del Espíritu Santo. Viernes 10 de enero del 2014. 

“El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebozar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo “(Rom. 15, 13.).

Muy queridos hermanos y hermanas, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas, laicos comprometidos, niños y jóvenes. Al celebrar este XXIV aniversario del nacimiento de nuestra Iglesia Diocesana de Nuevo Laredo, les invito a recorrer el camino hacia la celebración de nuestras Bodas de Plata como un camino lleno de esperanza. Con la Iglesia universal vivimos el año de la fe; ahora, como Iglesia Particular, vivamos el año de la esperanza. La Palabra de Dios que hemos escuchado en las primeras dos lecturas toca el tema de la esperanza, mientras que el santo Evangelio toca el tema del testimonio y del Reino de los Cielos, presentado en parábolas. ¿Qué relación existe entre esperanza, testimonio y Reino?

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (Cat.I.C. 1817). Aquí vemos muy clara la relación entre el Reino y la esperanza, porque precisamente, el Reino es lo que esperamos, es a lo que aspiramos. Cada cristiano tiene que trabajar para hacer llegar el Reino, y como Iglesia tenemos un gran trabajo de pastoral para sembrar la semilla del Reino, es decir, que nuestra confianza no está puesta en nuestro esfuerzo, sino en las promesa de Cristo y en los auxilios del Espíritu. En otro pasaje del Catecismo dice también: “La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios” (Cat. I.Cat. 2090). Por eso la nuestra es una esperanza gozosa, porque no se fija en las realidades efímeras de este mundo, y así, pase lo que pase, nada ni nadie nos puede arrebatar el gozo de esta esperanza.

La primera parábola del Evangelio, nos dice que una lámpara encendida no es para colocarse debajo de la cama, sino para colocarla sobre el candelero, allí donde ilumine a todos. Nuestra esperanza cristiana es una luz intensa, que no hemos de ocultar y guardar en el silencio del corazón, sino que hemos de compartir con los demás. Los habitantes de nuestra diócesis, en cada uno de los pueblos y ciudades, han sufrido muchos males en estos tiempos de violencia e inseguridad, y es en medio de estas realidades donde hemos encontrado lámparas brillantísimas que nos han iluminado con el testimonio de su esperanza. Muchos creyentes han sido árboles podados por Dios nuestro Señor, permitiéndoles dar más y mejor fruto. Pero algunos, que han sufrido sin esperanza cristiana, han caído en la triste y lamentable desesperación. Un gran servicio a la paz y a la reconciliación es la esperanza cristiana, que muchos hermanos y hermanas nuestras no han perdido, aún en medio de las más grandes pruebas. Vivamos con toda intensidad este don divino, como un testimonio de servicio a la paz.

Tomando la segunda parábola que habla del sembrador y de la semilla, podemos pensar en nosotros los evangelizadores, a quienes nos ha tocado sembrar la semilla del Reino en estas benditas tierras. Nos pasa lo mismo que al sembrador de la parábola, sea que durmamos, sea que nos levantemos, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que nosotros sepamos cómo. Y finalmente tenemos que aceptar que el único Sembrador de la semilla de la Palabra es Cristo, y Él mismo es quien vigila y da el crecimiento por medio de su Espíritu. Todas las estructuras pastorales que vemos en nuestra Diócesis, todos los grupos, todos los movimientos, todos los acontecimientos, y toda la obra buena que sucede en lo oculto de cada corazón, es el milagro del Reino que va creciendo con nosotros y a pesar de nosotros.

La tercera parábola del Evangelio que escuchamos, nos puede llevar a recordar a Don Ricardo, de feliz memoria, y a todos los que con él vieron nacer esta Diócesis hace 24 años. Tal vez él y muchos de ellos, muchos de los aquí presentes, vieron aquel inicio como una pequeña semilla de mostaza, y ahora pueden constatar el crecimiento de esta planta, cuyas ramas han crecido tanto como para dar cobijo a quienes buscan refugiarse a su sombra.

La primera lectura, tomada del libro de Judit, nos recuerda aquel episodio de la vida del pueblo de Dios cuando sus jefes, y con ellos todo el pueblo, estaban totalmente atemorizados, y ponían un plazo de espera en la confianza en el Señor. Judit es una mujer valiente del pueblo, una viuda, que llena de esperanza en Dios, se dirige a todos reprochándoles su poca esperanza. Ella les decía: “Si ustedes son incapaces de escrutar las profundidades del corazón del hombre y de penetrar los razonamientos de su mente, ¿cómo pretenden sondear a Dios, que ha hecho todas estas cosas, y conocer su pensamiento o comprender sus designios?”. Tenía razón Judit, nosotros no tenemos ni capacidad ni derecho de juzgar los designios divinos. Si los niños no entienden muchas veces el por qué de lo que hacen sus padres, mucho menos nosotros vamos a entender el por qué de las cosas que Dios permite. Si esperamos con paciencia, tarde o temprano comprobaremos que Dios escribe derecho en los renglones torcidos de la humanidad. La exhortación de Judit vale para nosotros: invoquemos la ayuda de Dios, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad.

Digna de elogio fue aquella gran mujer, Judit, que salvó a su pueblo con su confianza puesta en el Señor, que no la llevó a quedarse con los brazos cruzados, sino a actuar encomendándose al Señor que podía salvarla. Confiar y esperar, no significa sentarnos, pasivamente para contemplar lo que Dios hará en nuestro lugar, sino más bien, continuar luchando y trabajando en su obra, teniendo muy claro en la mente que es su obra y no la nuestra. Actuar con todo empeño como si todo dependiera de nosotros, pero confiar sabiendo que todo depende de Dios. Judit es una figura que anuncia a nuestra Madre de la esperanza, a María, pues si Judit cortó la cabeza de Holofernes, María aplastó con su pie la cabeza del demonio. En ella, que reina junto a su Hijo, todos hemos triunfado ya.

Pero al mismo tiempo Judit me hace pensar en todas esas mujeres valientes de nuestra Diócesis, llenas de esperanza en el Señor que han trabajado en ésta su viña. Religiosas y laicas que han sido ejemplares y fuertes soportes de cada familia, iglesias domésticas, y de toda nuestra Iglesia Diocesana, familia de creyentes. Mujeres incansables, que con sus obras y su alegría, más que con sus palabras, parecen ir proclamando por la vida lo que todos hemos proclamado en el salmo responsorial: “Espero gozar de la dicha del Señor”.

San Pablo, en su carta a los romanos, nos da la clave de la esperanza cristiana, que no es simple resignación ante la voluntad de Dios, tantas veces desconcertante. No, la esperanza nos hace continuamente contrastar lo que ahora sufrimos, con lo que pronto hemos de gozar. Dice san Pablo: estimo que los sufrimientos de la vida presente no se pueden comparar con la Gloria que nos espera y que ha de manifestarse”. Y ahora que vemos a nuestro planeta tan dañado por el abuso y la ambición de todos los que lo hemos sobreexplotado, cobran fuerza las palabras de san Pablo referidas a la creación entera, que gime y sufre dolores de parto, pero que comparte con nosotros los cristianos, la esperanza de verse ella liberada del mismo modo. Afirma también el Apóstol que, mientras esperamos, no estamos con las manos vacías, pues ya hemos sido salvados. Dice: “aunque ya tengamos el Espíritu como un anticipo de lo que hemos de recibir, gemimos en nuestro interior mientras esperamos nuestros derechos de hijos y la redención de nuestro cuerpo”. Así es, mientras esperamos, ya tenemos al Espíritu, y gracias al Espíritu sabemos también que “todo contribuye al bien en aquellos que aman a Dios”.

Al iniciar esta celebración, en la oración colecta, hemos pedido al Señor que nuestra Diócesis pueda: “representar dignamente la universalidad de tu pueblo y sea así signo e instrumento de la presencia de Cristo en el mundo”. Grande, digna y maravillosa es nuestra tarea en estos 11 municipios de Tamaulipas y Nuevo León: representar dignamente la universalidad del pueblo de Dios. Cada Diócesis en el mundo tiene sus propios retos y circunstancias, su propia historia, sus propios recursos de todo tipo, sus méritos y sus pecados. Quiera Dios que esta hermosa Esposa de Cristo esté bien representada en nosotros en estas tierras. Ojalá que seamos, con todas nuestras acciones, signo e instrumento de la presencia de Cristo en esta parte del mundo que nos corresponde.

Pediremos luego, sobre las ofrendas presentadas en nuestro altar “que el fruto de su obra salvadora, por el ministerio de tu Iglesia, sirva para la salvación del mundo entero”. Esto significa que el fruto de nuestro trabajo de Iglesia es la salvación de la gente de este territorio. Realmente esto es para entusiasmarnos, al saber lo que traemos entre manos, lo que podemos ofrecer a nuestros hermanos y hermanas, y lo que podemos ofrecernos unos a otros, esto es, la salvación en Cristo.

Y después de la Comunión pediremos que en esta Iglesia Diocesana “florezca y perdure hasta el fin la integridad de la fe, la santidad de vida, el amor fraterno y la piedad sincera; y, ya que la alimentas con tu Palabra y con el Cuerpo de tu Hijo, no ceses de conducirla bajo tu protección”. La integridad de la fe llegará cuando podamos ofrecer a todos la fe cristiana tal como es, sin recortes en su exigencia, sin recortes en sus contenidos, y sin excluir a nadie de su conocimiento. La santidad de vida se alcanza con la congruencia entre nuestra fe y nuestra vida, que contagie y que atraiga a otros a querer vivirla. El amor fraterno es el principal desafío de todos los que atendemos la obra evangelizadora, para mantenernos en comunión entre nosotros mismos, y llevar, incluso fuera de nuestra Iglesia, el amor de Cristo a quien más lo necesite. El reto es también no vivir un amor encerrado entre nosotros mismos y hacia los miembros de nuestros grupos, es decir, un amor autoreferencial, sino siempre queriendo incluir a los alejados de nuestra Iglesia. Y la piedad sincera, personal y comunitaria, por la que nos alejamos del mero activismo, manteniéndonos firmemente unidos a Aquel que es la fuente del amor. Oración sin amor es palabrería o tiempo perdido; en cambio la verdadera oración nos mantiene día y noche unidos al señor.

Queridos hermanos y hermanas, de la mano de María, estrella de la nueva evangelización, vivamos intensamente este año 2014 la virtud de la esperanza. Siempre en comunión, vayamos adelante con el rumbo de nuestra pastoral, sin descuidar el trabajo a favor de la paz, el acompañamiento a las víctimas de la violencia y el fortalecimiento del tejido social. Con todo esto estaremos preparando una digna celebración de Bodas de Plata de nuestra Diócesis. Como he dicho en el mensaje para la preparación del jubileo: ¡Iglesia de Nuevo Laredo, siempre en comunión, siempre en la misión! ¡Iglesia de Nuevo Laredo sé una Iglesia misericordiosa, esa es tu vocación! Somos la Iglesia, la esposa amada de Cristo: ¡engalanemos a la novia para Cristo el Esposo que viene a salvarnos! Así sea.

Gustavo Rodríguez Vega
Obispo de Nuevo Laredo

 

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