Por una Navidad realmente cristiana

Cuando se acerca la Navidad todo el mundo empieza a aprontar los ritos característicos de esta fecha. Y digo ritos en términos genéricos, pensando en ciertos ritos culturales

Por ejemplo: llamarse, enviar saludos, comprar regalos, tratar de congraciarse con alguien del cual se estaba distanciado, o agradecer a otros, preparar la reunión familiar, la comida de ese día, que por lo general es abundante, la bebida que también, a veces se consume en exceso, y otras cosas por el estilo.

Pero uno se pregunta si existe una conciencia clara acerca de lo que se festeja en Navidad. Y subrayo Navidad porque podrán notar ustedes que en la publicidad comercial que se hace por este tiempo del año se suele hablar de las fiestas, englobando no se sabe muy bien qué. Incluso muchas tarjetas hablan de Felices Fiestas, omitiendo toda referencia a la Navidad.

Por eso, en estos días hay que referirse expresamente a la Navidad. Nosotros, los cristianos, no podemos renunciar a esto.

Sobre todo porque la fiesta pierde su sentido, si la causa, el motivo, el fundamento desaparece de la conciencia, si no existe lucidez acerca de lo que se quiere festejar. Por eso hablaba yo de ritos culturales.

Pero los ritos culturales cobran sentido por su referencia al culto, es decir, a la celebración litúrgica del acontecimiento fundamental de la historia humana que es el nacimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.

Todos los festejos, todos los ritos culturales que constituyen una tradición popular tienen que referirse a esa celebración que, ante todo, se da en el templo, en la liturgia, en la misa de Nochebuena o en la misa del día de Navidad.

Hay que señalar también el sentido preciso de esta fiesta para los cristianos, y para la humanidad en general. Festejamos el nacimiento de Jesucristo; Él es el Hijo de Dios hecho hombre que ha asumido nuestra condición humana y esto manifiesta la inmensa misericordia de Dios que envía a su Hijo, en carne humana, nacido de la Santísima Virgen , a compartir nuestra suerte, nuestro destino, a caminar por este mundo, a ser la piedra fundamental de nuestra historia. Por otra parte, él realza la dignidad del hombre, la dignidad como creatura de Dios, como imagen y semejanza de Dios y más aún, en sentido específicamente cristiano, la dignidad del hombre como hijo de Dios porque estamos llamados a participar de la filiación divina de Jesús.

La fórmula de la Navidad, acuñada por los padres de la Iglesia, dice que el Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios.

Me parece que esto es lo que nosotros los cristianos le debemos a la sociedad de hoy en este tiempo de Navidad. Le debemos la afirmación, la mención clara de esta verdad, porque sería trágico que nosotros mismos nos quedáramos como atrapados en esa generalidad de las fiestas y vayamos perdiendo el sentido de lo que estamos efectivamente celebrando.

De esta manera es que tenemos que difundir la verdad de la Navidad. Esa verdad que es respecto de Dios, porque Jesús que nace es Dios, y verdad respecto del hombre, de su dignidad extraordinaria como hijos de Dios.

En ese sentido nosotros podemos decir feliz Navidad. Tenemos que recuperar el valor profundamente religioso y cristiano de este saludo.

Feliz Navidad no equivale simplemente a felices Fiestas. Estamos deseando, en definitiva, a aquel a quien le dirigimos el saludo, profese o no nuestra fe, que venga a conocer a Jesucristo y que si conoce a Jesucristo se adhiera a Él y se una a Él para recibir de Él la vida, para recibir de Él la salvación.

Ese es el sentido de nuestra Navidad y, en este sentido, es que yo les digo a todos muy, muy Feliz Navidad. ■

 

 

Mons. Héctor Aguer.

Arzobispo de La Plata, Argentina.

 

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