El leccionario: la biblia con la que celebramos y alimentamos nuestra fe.

El Año de la Fe que ya concluimos, tuvo como propósito básico celebrar los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II. Uno de los grandes frutos de la renovación litúrgica del Concilio (Doc. Sacrosanctum Concilium, promulgado el 8 de diciembre de 1963) fue el enriquecimiento de la Liturgia de la Palabra dentro de la celebración de los Sacramentos, particularmente en la Eucaristía o Santa Misa, en la que participamos todos los domingos y con la cual santificamos el Día del Señor. En efecto, antes de 1963 generalmente se leían las mismas lecturas, generalmente las epístolas de san Pablo y el Evangelio, sobre todo el de la Pasión del Señor. Esto porque la centralidad de la liturgia cristiana, desde los primeros siglos de la Iglesia, era el celebrar el Misterio Pascual de Cristo, es decir, su Pasión, Muerte y Resurrección. Ya en 1570, celebrado el Concilio de Trento, se comenzó a enriquecer un poco más la celebración de la Misa con más textos bíblicos, pero todos girando en torno el mismo tema: la Pasión del Señor.

El “ponerse al día” del beato Juan XXIII, como él mismo lo expresó aquel 25 de enero de 1959 en la sacristía de la Basílica Patriarcal de San Pablo Extramuros, significaba no solo reformar lo viejo, quitar y poner, de ningún modo. Significó ir a las fuentes, explotar más aun la riqueza misma de la Sagrada Escritura y ponerla al servicio del Pueblo de Dios para que éste, valiéndose de la celebración litúrgica, pudiera conocer y amar la Historia de la Salvación, historia que también es personal y que Dios va hilvanando día con día en nuestras vidas.

Por ello, hoy podemos disfrutar -después de aquellas jornadas largas de trabajo para los padres conciliares, junto a sus teólogos, liturgistas, pastoralistas y especialistas en la Biblia- uno de los grandes frutos de la acción del Espíritu en la Iglesia: el Leccionario Romano.

Este libro litúrgico se usa en la Misa.  Es aquel que se usa para proclamar la Palabra de Dios en las celebraciones y que alguna vez has visto cuando has subido al ambón (espacio litúrgico dedicado para la proclamación de la Palabra de Dios en la iglesia en donde el lector sube para realizar su ministerio). Es un libro grande, de pastas rojas y editado de tal manera para su lectura en las asambleas. Ahí, están contenidas todas las lecturas de los Domingos (dividida en tres años –A,B,C-) y de todos los días feriales, es decir, aquellos entre semana (dividida a su vez en dos años – I y II). Actualmente, nuestro Leccionario en su edición para México está editado en tres volúmenes, llamados:

Leccionario I.- Contiene los tiempos litúrgicos fuertes (Adviento, Navidad-Epifanía, Cuaresma, Pascua-Pentecostés, y los primeros 8 domingos del Tiempo Ordinario –esos que van del domingo posterior al Bautismo del Señor y hasta uno antes del Miércoles de Ceniza) tanto en su ciclo dominical como ferial, con un apéndice de lecturas de las fiestas importantes del Santoral desde el 30 de dic. al mes de junio.

Leccionario II.- Contiene las lecturas del Tiempo Ordinario, tanto el ciclo dominical del 9º hasta el 34º, incluyendo también el ciclo ferial. Tiene un apéndice de lecturas para las Misas de Difuntos y un segundo apéndice del santoral de junio a noviembre.

Leccionario III.- Contiene las lecturas de los propios de las misas de los Santos, misas comunes, rituales, votivas, diversas circunstancias. En su organización actual la edición mexicana es un tanto compleja, pero acercándonos a esta edición y no solo teniéndola guardada, podremos entenderla mucho mejor y sacarle mucho provecho.

Ahora te propongo hacer un ejercicio para comprender mejor: te habrás dado cuenta que el domingo 1 de diciembre comenzamos un nuevo Año litúrgico, concretamente con el tiempo del Adviento (preparación para la Solemnidad de la Navidad y Epifanía). Bien, pues a partir de ese día comenzamos a utilizar el Leccionario I, aquel que contiene las lecturas de los tiempos fuertes y que describimos arriba. Además, comenzamos también un nuevo ciclo de lecturas dominicales, es decir, el ciclo A, donde escucharemos el evangelio de San Mateo a lo largo del año. Esto nos indica que este evangelio nos guiará en la comprensión y contemplación de los misterios de Nuestro Señor Jesucristo en los tiempos litúrgicos fuertes, teniendo como centro la Pascua y, sobre todo, en los domingos del tiempo ordinario, culminando con la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. De igual modo, si tienes la oportunidad de celebrar también la Eucaristía entre semana, tendrás la riqueza del alimento de la Palabra con la abundancia que presenta nuestro Leccionario. Para los otros dos ciclos, B y C, se leen los evangelios de Marcos y Lucas, respectivamente. El Evangelio de Juan lo encontraremos, sobre todo, en los domingos de Pascua y algunas solemnidades como Navidad y algunos domingos de Cuaresma.

Desde la perspectiva de cada evangelista, cada domingo, según el tiempo litúrgico que vamos celebrando, las lecturas del Antiguo Testamento (generalmente la primera lectura de todos los domingos, excepto en Pascua, que se toma del libro de los Hechos de los Apóstoles) son un anticipo, una figura, la promesa de aquello que en el Evangelio se realiza, se lleva a cumplimiento en Jesucristo. La segunda lectura, tomada generalmente de las cartas de san Pablo o las restantes, llamadas también católicas, son exhortaciones a la auténtica vida cristiana. A esto, le sumamos la riqueza de los salmos, con el cual respondemos como asamblea a la Palabra de Dios proclamada después de la Primera lectura. Finalmente, antes del Evangelio, todos aclamamos con el “Aleluya”, excepto en el tiempo de cuaresma, a Dios que nos habla ahora a través de su Hijo Jesucristo en el Evangelio para culminar estos ritos con la Homilía del sacerdote que preside.

Por tanto, si te das cuenta, tenemos la garantía de poder conocer casi la totalidad de la Biblia al celebrar la Misa todos los domingos durante tres años consecutivos, o bien, durante dos años en las misas feriales (entre semana). Te darás cuenta que la riqueza de la Sagrada Escritura es abundantísima, inacabable. Siempre el Señor tiene algo que decirnos, siempre nuevo, siempre bueno.

Ahora que pudimos acercarnos a este libro litúrgico, tan importante como el Evangeliario (aquel libro que entra en las procesiones de las Misas y que solo contiene los textos evangélicos de todos los domingos de los tres ciclos (A,B,C) y que en la próxima hablaremos al respecto de este signo tan importante en nuestras liturgias, te invito a que te acerques a estos libros. ¿De qué manera?

1. Si estas interesado en servir como Lector en tu comunidad parroquial, acércate a tu párroco o vicario y muéstrate disponible. Obvio que implica tener los suficientes conocimientos para poder leer bien, pues no solo se trata de decir en voz alta lo que dice, sino proclamar. Que tu lectura sea un verdadero anuncio para quienes te escuchan. Ahí eres un instrumento, eras la boca que le da voz al texto que tienes delante de ti.

2. Acércate el Leccionario, ojéalo, ve sus índices y conoce como está estructurado. Veras que al irte familiarizando con él, lejos de seguir pensando que es muy difícil, será mucho más sencillo y podrás enseñarle a otros.

3. ¡Cuídalo! Y no solo me refiero a que lo uses adecuadamente, sino a que ¡lo uses! En las celebraciones. La hojita dominical no es para usarse en el ambón ni para estarla leyendo mientras se proclama la Palabra. Léela antes, te ayudara a saber de primera mano que estaremos celebrando en ese momento. Y a la hora de la Misa, escucha la Palabra. No es digno usar la hojita dominical en el ambón, a menos que no se tengan los libros. Para eso es el Leccionario.

Ahora, ya sabes que para celebrar la Palabra de Dios en la Liturgia, la Iglesia tiene este tesoro precioso de la Sagrada Escritura contenida en el Leccionario Romano. Aprovéchalo, enriquécete de ella para conocer la Voluntad de Dios en nuestras vidas.

Que este año litúrgico que estamos iniciando sea de mucho provecho para cada uno de nosotros al alimentarnos de la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía.

Pbro. José Salvador Rojas Sáenz

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