LA VIDA DE LOS CRISTIANOS ADORMECIDOS ES TRISTE

TEXTO DE LA AUDIENCIA GENERAL DEL MIÉRCOLES 24 DE ABRIL

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

En el Credo profesamos que Jesús “vendrá de nuevo con gloria a juzgar a vivos y a muertos”. La historia humana comienza con la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios y se cierra con el juicio final de Cristo. A menudo olvidamos estos dos polos de nuestra historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el Juicio Final no está muy clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo a menudo en la realidad de su última venida. Hoy quisiera reflexionar en tres textos evangélicos que nos ayudan a adentrarnos en este misterio: el de las diez vírgenes, el de los talentos y el del Juicio Final. Todos estos forman parte del discurso de Jesús sobre el fin de los tiempos, en el Evangelio de San Mateo.

 

Antes que nada recordamos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios ha llevado al Padre nuestra humanidad asumida por Él y quiere atraer a sí, llamar a todo el mundo, para ser acogido en los brazos abiertos de Dios, con el fin de que al final de los tiempos, la realidad entera sea consignada al Padre. Está, también, este “tiempo inmediato” entre la primera venida de Cristo y la última, que es el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del “tiempo inmediato”, se coloca la parábola de las diez vírgenes (cfr Mt 25,1-13). Se trata de diez chicas que esperan la llegada del Esposo, pero este tarda y se duermen. Ante el anuncio, de improviso, de que el Esposo está llegando, todas se preparan para acogerlo, pero, mientras que cinco de ellas, prudentes, tienen suficiente aceite para alimentar sus propias lámparas, las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas, porque no han cogido suficiente; mientras se van a buscarlo llega el Esposo y las vírgenes necias se encuentran con la puerta cerrada que lleva a la fiesta nupcial. Llaman con insistencia, pero ya es tarde, el Esposo responde: “No os conozco”. El Esposo es el Señor, y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él da a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su llegada final; es un tiempo de vigilancia, tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad, en el que tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo de vivir según Dios, porque no conocemos ni el día ni la hora de la venida del Cristo. Lo que nos ha pedido es que estemos preparados para el Encuentro, preparados para un encuentro, un bello encuentro, el encuentro con Jesús, que significa saber ver los signos de su presencia, mantener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no dormirnos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos adormecidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No os durmáis!

 

La segunda parábola, la de los talentos, nos hace reflexionar sobre la relación entre la manera en la que empeñamos los dones recibidos de Dios y su llegada, en la que nos pedirá cuentas sobre cómo los hemos utilizado (cfr Mt 25,14-30). Conocemos bien la parábola: antes de su partida, el patrón consigna a cada siervo algunos talentos, para que se utilicen bien durante su ausencia. Al primero le entrega cinco, al segundo dos y al tercero uno. En el periodo de ausencia, los dos primeros siervos multiplican sus talento –monedas antiguas- mientras que el tercero prefiere enterrar el suyo y devolvérselo intacto a su patrón. A su vuelta, este juzga las obras: alaba a los dos primeros, mientras que el tercero es expulsado afuera alas tinieblas, porque ha escondido su talento por miedo, cerrándose en sí mismo.

 

Un cristiano que se cierra en sí mismo, que esconde todo lo que el Señor le ha dado es un cristiano… ¡no es cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado! Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es tiempo para la acción –estamos en el tiempo de la acción-, el tiempo en el que poner a fructificar los dones de Dios, no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los demás. El tiempo en el que buscar el crecimiento del bien en el mundo. Y en especial en este tiempo de crisis, hoy es importante no cerrarnos en nosotros mismos, enterrando nuestro talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales, todo lo que el Señor nos ha dado, sino abrirse, ser solidarios, estar atentos los unos de los otros.

 

He visto que en la plaza hay muchos jóvenes: ¿Es verdad esto? ¿Hay muchos jóvenes? ¿Dónde estáis? A vosotros, que estáis en el comienzo del camino de la vida, os pregunto: ¿Habéis pensado que talentos son los que Dios os ha dado? ¿Habéis pensado en cómo ponerlos al servicio de los demás? ¡No enterréis vuestros talentos! Apostad por ideales grandes, esos ideales que ensanchan el corazón, esos ideales de servicio que harán fecundos vuestros talentos. La vida no se nos ha dado para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos ha dado para que la donemos. Queridos jóvenes ¡tened buen ánimo! ¡no tengáis miedo de soñar cosas grandes!

 

Finalmente, una palabra sobre la cita del Juicio Final, en la que se describe la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, a los vivos y a los muertos (cfr Mt 25,31-46). La imagen usada por el Evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras. A la derecha se colocaran los que han actuado según la voluntad de Dios, socorriendo al prójimo hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo, encarcelado.. he dicho “extranjero”: me viene en mente a tantos extranjeros que hay en la diócesis de Roma ¿Qué hacemos por ellos? Mientras que a la izquierda se colocan los que no han socorrido al prójimo. Esto nos dice que seremos juzgados por Dios en la caridad, sobre como lo hemos amado en nuestros hermanos, especialmente en los más débiles y necesitados.

 

Cierto, tenemos que tener siempre bien presente que nosotros estamos justificados, estamos salvados por gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede; solos no podemos hacer nada. La fe es, antes que nada, un don que hemos recibido. Pero para dar frutos, la gracia de Dios nos pide siempre nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a traernos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide confiarnos a Él, corresponder al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y por el amor.

 

Queridos hermanos y hermanas, que mirar al Juicio Final no nos dé miedo, sino que nos empuje a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres y en los pequeños, comprometiéndonos con el bien y permaneciendo vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos pueda reconocer como siervos buenos y fieles. Gracias.

 

© Libreria Editrice Vaticana

Traducción de ©Aleteia

Los comentarios están cerrados