“No tengo oro ni plata, traigo conmigo lo más valioso: Jesucristo”

El Papa Francisco ya está en Río de Janeiro. Poco antes de la hora prevista (16 horas local), el Obispo de Roma saludaba a la presidenta de la República, Dilma Rousseff; al arzobispo de San Sebastián de Rio de Janeiro, monseñor Orani Joao Tempesta y al arzobispo de Aparecida y presidente de la Conferencia Episcopal de Brasil, el cardenal Raymundo Damasceno Assis, que le esperaban en la escalinata del avión.

Un grupo de jóvenes brasileños cantando el Himno de la Jornada Mundial de la Juventud fue el primer contacto del Papa Francisco con los jóvenes para posteriormente trasladarse al Palacio de Guanabara.

Un pequeño utilitario de color gris, con la ventana bajada, llevaría al Pontífice hacia la sede del Gobierno en Río de Janeiro. Nadie podría pensar que ahí va el Sucesor de Pedro si no fuera por el rosario de coches de seguridad en estos eventos y claro está, por todos los jóvenes que intentaron acercarse a saludarle. Una muestra de cercanía hacia el pueblo brasileño, que en más de un momento puso en jaque a su seguridad, pero sobre todo un acto de pobreza y humildad que posteriormente fue hecho palabra en su primer discurso en Río de Janeiro.

“He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes”, comenzaba el Papa Francisco su discurso en el Palacio de Guanabara, con un primer titular que deja claro a lo que viene a Río: “No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo”.

El Papa Francisco agradeció la acogida y las palabras de la Presidenta Dilma Rousseff y, tras saludar a las autoridades y al cuerpo diplomático acreditado, quiso empezar su alocución dirigiéndose a “mis hermanos obispos”: “Con esta visita, deseo continuar con la misión pastoral propia del Obispo de Roma de confirmar a sus hermanos en la fe en Cristo, alentarlos a dar testimonio de las razones de la esperanza que brota de Él, y animarles a ofrecer a todos las riquezas inagotables de su amor”.

“He venido para la Jornada Mundial de la Juventud. Para encontrarme con jóvenes venidos de todas las partes del mundo, atraídos por los brazos abiertos de Cristo Redentor”, explicaba el Obispo de Roma, consciente de que en Cristo encuentran “las respuestas a sus más altas y comunes aspiraciones, y pueden saciar el hambre de una verdad clara y de un genuino amor que los una por encima de cualquier diferencia”.

Utilizando la expresión brasileña: “Los hijos son la pupila de nuestros ojos”, el Santo Padre quiso interpelar con una primera pregunta provocadora: “¿Qué sería de nosotros si no cuidáramos nuestros ojos? ¿Cómo podríamos avanzar?”.

“Nuestra generación se mostrará a la altura de la promesa que hay en cada joven cuando sepa ofrecerle espacio; tutelar las condiciones materiales y espirituales para su pleno desarrollo”, afirmaba a las autoridades presentes el Papa Francisco, y citó entre otras condiciones las de “darle una base sólida sobre la que pueda construir su vida”; “garantizarle seguridad y educación”; “transmitirle valores duraderos”; “asegurarle un horizonte trascendente para su sed de auténtica felicidad”; “dejarle en herencia un mundo que corresponda a la medida de la vida humana”; “despertar en él las mejores potencialidades para ser protagonista de su propio porvenir” y ser “corresponsable del destino de todos”.

Diálogo entre amigos

El Papa Francisco concluyó este primer discurso pidiendo, “si es posible, la empatía necesaria para establecer un diálogo entre amigos” y mostrando que “los brazos del Papa se alargan para abrazar a toda la nación brasileña”.

“Que desde la Amazonia hasta la pampa, desde las regiones áridas al Pantanal, desde los pequeños pueblos hasta las metrópolis, nadie se sienta excluido del afecto del Papa”; con estas palabras el Papa Francisco terminaba este discurso.

Algo que ya quedó constante en su recorrido, minutos antes, hasta el Palacio de Guanabara, cuando los jóvenes se agolpaban alrededor del “utilitario gris” del Obispo de Roma. Gente agolpada al nuevo “Papa utilitario”, con jóvenes que incrédulos, bajaban de sus autobuses y podían saludar al Obispo de Roma. Del “Papa utilitario” al “Papa móvil” y finalmente a un helicóptero que llevó al Santo Padre hasta la residencia del Gobierno en Río de Janeiro.

Momentos de zozobra para los guardaespaldas y preocupación para las fuerzas de seguridad, pero que siempre quedarán en el recuerdo como un mensaje de abrazo y cercanía. En el día de hoy, el mensaje del Papa Francisco no sólo han sido palabras sino hechos.

 

 

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